¿Apóstoles entre nosotros?

El criterio bíblico para el apostolado.

Por John MacArthur
Del libro «Fuego extraño»

El movimiento carismático opera bajo la premisa de que todo lo que sucedió en la iglesia primitiva debe esperarse y experimentarse en la iglesia de hoy. Uno de los líderes pentecostales más conocidos de la generación pasada, David du Plessis, expresó ese sentimiento con estas palabras: «El Nuevo Testamento no es un registro de lo que ocurrió en una generación, sino un modelo de lo que debe suceder en cada generación hasta que Jesús venga». Esta suposición, llevada hasta sus últimas consecuencias, conduce a Wagner y a otros a sostener que todavía hay apóstoles en la iglesia de hoy. Después de todo, razonan, si la iglesia primitiva tuvo apóstoles, nosotros también deberíamos tenerlos.

Sin embargo, hay un defecto fatal en ese enfoque. El criterio bíblico para el apostolado hace que sea imposible cualquier reclamación creíble de que todavía hay apóstoles en la iglesia. De hecho, después de la muerte de Juan, el último apóstol sobreviviente (que murió alrededor del 100 A.D.), nadie en la historia de la iglesia jamás podría legítimamente pretender ser apóstol basándose en las condiciones específicas delineadas en el Nuevo Testamento. Bíblicamente hablando, hay por lo menos seis razones de por qué el don y la obra del apostolado eran exclusivos de la iglesia primitiva. No se trata de algo que se pueda experimentar en la iglesia hoy.

Las calificaciones necesarias para el apostolado

En primer lugar, sería imposible para cualquier cristiano contemporáneo satisfacer los requisitos bíblicos necesarios para que alguien sea considerado apóstol. El Nuevo Testamento expone al menos tres criterios necesarios:

  1. El apóstol tenía que ser un testigo físico del Cristo resucitado (Hechos 1.22; 10.39–41; 1 Corintios 9.1; 15.7–8.);
  2. El apóstol tenía que ser nombrado personalmente por el Señor Jesucristo (Marcos 3.14, Lucas 6.13, Hechos 1.2, 24; 10.41; Gálatas 1.1); y
  3. El apóstol tenía que ser capaz de autenticar su designación apostólica con señales milagrosas (Mateo 10.1–2; Hechos 1.5–8; 2.43; 4.33; 5.12; 8.14; 2 Corintios 12.12; Hebreos 2.3–4).

Esas calificaciones solamente demuestran de manera concluyente que no hay apóstoles en la iglesia hoy. Ninguna persona viva ha visto a Cristo resucitado con sus propios ojos, nadie es capaz de realizar señales milagrosas como las de los apóstoles en el libro de los Hechos (Hechos 3.3–11; 5.15–16; 9.36–42; 20.6–12; 28.1–6), y a pesar de las afirmaciones presuntuosas de lo contrario, el Señor Jesús no ha nombrado de manera personal y directa a nadie en la iglesia moderna como apóstol.

Por supuesto, hay algunos carismáticos que afirman haber tenido visiones del Señor resucitado. Estas afirmaciones no solo son altamente sospechosas e imposibles de verificar, sino que simplemente no cumplen con los criterios apostólicos, ya que un apóstol tenía que ver al Cristo resucitado en la carne con sus propios ojos. Como el profesor Samuel Waldron explica:

Las visiones y los sueños, incluso si son reales y genuinos, no califican a nadie como ser un apóstol de Cristo. Está claro que la Biblia enfatiza la distinción entre la vista interna y la externa, y considera la revelación producto de la vista externa como una señal de dignidad superior. Las demandas modernas de haber visto a Jesús en una visión o un sueño no califican a nadie para reclamar esta característica indispensable de un apóstol de Cristo.

Wayne Grudem, autor popular y profesor de teología y estudios bíblicos en el Seminario de Phoenix, es un carismático comprometido y quizás el mejor teólogo y apologista del movimiento. No obstante, incluso él reconoce que «debido a que ya nadie hoy puede cumplir con la calificación de haber visto a Cristo resucitado con sus propios ojos, no hay apóstoles en la actualidad».

Los apóstoles modernos son muy conscientes de estas calificaciones. ¡Y como no pueden soslayarlas, simplemente las ignoran!

Pablo fue el último apóstol

A pesar de que Pablo cumplió con los tres criterios mencionados antes, resulta evidente que su nombramiento apostólico no fue la norma. El mismo Pablo enfatizó este punto en 1 Corintios 15.5–9, mientras delineaba las apariciones después de la resurrección del Señor Jesús. A diferencia de los once, Pablo no había sido uno de los discípulos de Jesús durante su ministerio terrenal. Él no estuvo presente en el aposento alto cuando el Señor se apareció, ni fue uno de los quinientos testigos que vieron al Cristo resucitado. ¡De hecho, la aparición del Señor a Pablo no tuvo lugar solo luego de su resurrección, sino después de su ascensión! Y ocurrió mientras Pablo (quien en ese momento se llamaba «Saulo») estaba en camino para perseguir a los seguidores de Cristo en Damasco (Hechos 9.1–8).

Sin embargo, si algunos piensan que ellos también pueden tener un apostolado extraordinario como el de Pablo, es importante que tengan en cuenta dos detalles importantes acerca del llamado único del apóstol. En primer lugar, en 1 Corintios 15.8, Pablo afirma que él fue la última persona a la que el Cristo resucitado se le apareció de forma personal y física. Esto podría prevenir a cualquiera después de Pablo a hacer un reclamo legítimo de apostolado, ya que ver al Señor resucitado es un requisito previo para ser apóstol y Pablo declaró que él había sido el último en tener este tipo de experiencia.

En segundo lugar, es importante tener en cuenta que Pablo vio su apostolado como único y extraordinario. Era como «un abortivo» (v. 8), considerándose a sí mismo «el más pequeño de los apóstoles» (v. 9) debido a la animosidad que le había mostrado a la iglesia antes de su conversión. Aunque nunca se puso en duda la autenticidad de su apostolado, Pablo ciertamente no lo veía como un patrón normativo para que las futuras generaciones de cristianos lo siguieran.

Los apóstoles poseían una autoridad única

Los apóstoles del Nuevo Testamento fueron reconocidos como los agentes reveladores de Dios y como tales poseían un nivel sin igual de autoridad en la historia de la iglesia, una autoridad derivada de Cristo mismo. Ser apóstol de Jesucristo significaba ser su representante. En términos jurídicos contemporáneos, podríamos referirnos a los apóstoles como delegados del Señor. Eran los hombres a quienes él les había otorgado su propia autoridad.

Si bien es cierto que el término apóstol se utiliza a veces en el Nuevo Testamento en un sentido genérico y no técnico para referirse a los «mensajeros de las iglesias» (2 Corintios 8.23), esas personas no deben confundirse con los doce o el apóstol Pablo. Ser apóstol del Señor Jesucristo implicaba un llamado específico y un profundo privilegio, algo muy diferente a ser simplemente un mensajero enviado de una congregación local. Para ser apóstol del Señor Jesús se requería haber sido nombrado personalmente por él. Era la posición de autoridad más alta posible en la iglesia, un oficio único que abarcaba una comisión intransferible de Cristo a proclamar la doctrina de la revelación y sentar las bases de la iglesia.

En el discurso del aposento alto, el Señor personalmente autorizó a sus apóstoles para dirigir la iglesia en su ausencia, les prometió que el Espíritu Santo los capacitaría para revelar la verdad de Dios a su pueblo (cp. Juan 14.26; 15.26–27; 16.12–15). Los creyentes en la iglesia primitiva reconocieron la instrucción apostólica como llevando consigo la autoridad de Cristo mismo. Los escritos apostólicos fueron inspirados, una revelación infalible para ser recibida y obedecida como la Palabra de Dios (1 Tesalonicenses 2.13). Una carta inspirada escrita con autoridad apostólica estaba tan acreditada como las Escrituras del Antiguo Testamento (cp. 1 Corintios 14.37; Gálatas 1.9; 2 Pedro 3.16). Judas ejemplifica esa actitud cuando le escribió a la iglesia: «Pero vosotros, amados, tened memoria de las palabras que antes fueron dichas por los apóstoles de nuestro Señor Jesucristo» (Judas 17).

El tema de la autoridad apostólica es especialmente importante si tenemos en cuenta la doctrina de la canonicidad. Los apóstoles fueron autorizados por el mismo Señor Jesús para escribir las Escrituras inspiradas. Tal autoridad fue la prueba principal que la iglesia primitiva aplicaba en cuestiones relativas a la canonicidad: si un libro o una carta que afirmaba hablar con autoridad profética había sido escrito por un apóstol o bajo la supervisión apostólica, se reconocía como inspirado y autorizado. Por otra parte, los escritos que estaban desvinculados de la autoridad apostólica no se consideraban parte de las Escrituras, sin importar qué autoridad reclamara el autor para sí mismo.34 Incluso en la iglesia primitiva no había escasez de materiales que carecían de la autoridad apostólica, pero alegaban ser divinamente inspirados (cp. 2 Tesalonicenses 2.2; 2 Corintios 11.13; 2 Pedro 2.1–3).

Todo esto plantea importantes interrogantes para los carismáticos modernos que quieren restablecer a los apóstoles en la iglesia contemporánea. La mayor parte de estos mismos autoproclamados «apóstoles» afirman haber recibido una revelación directa y especial de Dios. Si en realidad tienen autoridad apostólica, ¿qué les impide agregar algo a la Biblia? Por otro lado, si los apóstoles modernos no están dispuestos a añadir nada a las Escrituras, ¿qué dice eso acerca de la legitimidad de su apostolado? Como Wayne Grudem señala acertadamente: «Este hecho en sí mismo debería sugerirnos que había algo único en el oficio de apóstol, y que no podemos esperar que continúe hoy, porque en la actualidad nadie puede añadir palabras a la Biblia y hacer que cuenten como las propias las palabras de Dios o como parte de las Escrituras».

Esto es un reconocimiento profundo de un teólogo carismático líder. El punto de partida esencial para la doctrina carismática es la afirmación de que todos los milagros y dones espirituales descritos en Hechos y 1 Corintios aún están disponibles para los cristianos de hoy, que los dones, señales y maravillas proféticas no fueron exclusivos de la era apostólica, y que no hay ninguna razón para creer que uno o más de estos fenómenos ha cesado. Esta posición se conoce como continuacionismo. Sin embargo, Wayne Grudem ha reconocido que es un cesacionista (lo contrario a un continuacionista) cuando se trata de cuestiones tales como el ministerio apostólico y el canon de las Escrituras. En efecto, él ha admitido el argumento fundamental en contra de la doctrina carismática. Observe que incluso los principales apologistas del continuacionismo finalmente se ven obligados a confesar que algo importante ha cambiado con el paso de la era apostólica.

El cambio más importante que todos los cristianos fieles deben reconocer es que el canon de la Escritura está cerrado. Y sabemos que se cerró precisamente porque el ministerio apostólico no continuó más allá del primer siglo de la historia de la iglesia. Lo que se mantiene como nuestra única autoridad hoy es el testimonio escrito de los apóstoles, un registro inspirado de las enseñanzas autorizadas contenidas en la Biblia. Por lo tanto, los escritos del Nuevo Testamento constituyen la única verdadera autoridad apostólica en la iglesia de hoy.

Los apóstoles establecieron el fundamento de la iglesia

Al escribir su carta a los Efesios, Pablo explicó que sus lectores eran parte de la familia de Dios, «edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo» (Efesios 2.19–20). Ese pasaje equipara a los apóstoles con las bases de la iglesia. No obstante, si no se limita decididamente el apostolado a las primeras etapas de la historia de la iglesia, no significa nada. Después de todo, un fundamento no es algo que pueda ser reconstruido durante todas las fases de la edificación. El fundamento es único, y siempre se coloca primero, con el resto de la estructura descansando firmemente sobre él.

Cuando uno considera los escritos de los llamados padres de la iglesia, aquellos líderes cristianos que vivieron poco después de los apóstoles, se hace evidente rápidamente que consideraban la época fundacional de la iglesia en el pasado.

Ignacio (c. 35–115 A.D.) en su Epístola a los magnesios, habló en tiempo pasado de la obra fundacional de Pedro y Pablo. Al referirse al libro de los Hechos, Ignacio escribió: «Esto se cumplió por primera vez en Siria, porque “los discípulos fueron llamados cristianos en Antioquia”, cuando Pablo y Pedro se hallaban estableciendo los cimientos de la iglesia».

Ireneo (c. 130–202) se refirió a los doce apóstoles como «el fundamento de doce columnas de la iglesia».38 Tertuliano (c. 155–230) explicó igualmente que «después de la época de los apóstoles» la única doctrina aceptada por los cristianos verdaderos fue la que había sido «proclamada en las iglesias de fundamento apostólico».

Lactancio (c. 240–320), en su Institución Divina, se refirió asimismo al tiempo pasado en el que se sentaron las bases apostólicas de la iglesia. Al comentar sobre el papel de los doce, explicó que «los discípulos, que se dispersaron a través de las provincias, en todas partes sentaron las bases de la iglesia, haciendo también ellos mismos en el nombre de su divino Maestro muchos y casi increíbles milagros, porque en su partida los había dotado de poder y fuerza, por medio de los cuales el sistema de su nuevo anuncio podía ser establecido y confirmado».

Los ejemplos podrían multiplicarse, pero el punto es claro. Los carismáticos modernos pueden afirmar que una fundación apostólica todavía se está dando en la actualidad. Sin embargo, esa idea es contraria tanto al sentido obvio de las Escrituras como a la comprensión de los líderes cristianos que siguieron inmediatamente a los apóstoles en la historia.

Ellos entendieron con claridad que el fundamento apostólico de la iglesia había sido completado en el primer siglo. Cualquier noción de apóstoles modernos simplemente destruye el significado de la metáfora de Pablo en Efesios 2.20. Si los apóstoles constituyen el fundamento de la iglesia, es una locura tratar de reubicarlos en las vigas.

La iglesia postapostólica fue dirigida por ancianos y diáconos

Cuando los apóstoles dieron instrucciones sobre el futuro de la iglesia y cómo debería ser organizada, no sugirieron que fueran designados nuevos apóstoles. En lugar de ello, hablaron de pastores, ancianos y diáconos. Por lo tanto, Pedro instruyó a los ancianos: «Apacentad la grey de Dios que está entre vosotros» (1 Pedro 5.2). Y Pablo le dijo a Tito que estableciera «ancianos en cada ciudad, así como yo te mandé» (Tito 1.5); e igualmente indica los requisitos tanto para los ancianos como para los diáconos en el tercer capítulo de 1 Timoteo. En ninguna parte de las epístolas pastorales se dice algo acerca de la perpetuidad del apostolado, aunque Pablo habla mucho sobre la organización de la iglesia bajo la dirección de los ancianos y diáconos calificados. A medida que hombres fieles desempeñaran ese oficio, la iglesia prosperaría. Por lo tanto, Pablo le dijo a Timoteo: «Lo que has oído de mí ante muchos testigos, esto encarga a hombres fieles que sean idóneos para enseñar también a otros» (2 Timoteo 2.2).

Cuando analizamos otra vez la historia de la iglesia —teniendo en cuenta el testimonio de los líderes de la iglesia que vivieron poco después de que la era del Nuevo Testamento terminara— nos encontramos con que los padres de la iglesia no se ven a sí mismos como apóstoles, sino más bien como los «discípulos de los apóstoles». Ellos entendieron que los apóstoles eran únicos, y que luego de que la era apostólica concluyó, la iglesia fue gobernada por los ancianos (incluyendo pastores u obispos) y diáconos. Clemente de Roma, que escribió en los años 90, declaró que los apóstoles «nombraron a los primeros frutos» de su trabajo «para ser obispos y diáconos de los que habrían de creer después».42 Ignacio (c. 35–115 A.D.) aclaró de manera similar en su Epístola a los antioqueños que no era apóstol. Él escribió: «Yo no doy órdenes en estos puntos como si fuera un apóstol, pero como consiervo de ustedes, los traigo a ellos a sus mentes».

Esas no son declaraciones fuera de lo común que simplemente he elegido para establecer un punto. Representan la opinión unánime de los padres de la iglesia en cuanto a que la edad apostólica fue única, irrepetible y estuvo limitada al primer siglo de la historia de la iglesia. Agustín y Juan Crisóstomo hablaron de los «tiempos de los apóstoles» como una época pasada y completada. En el siglo cuarto, Eusebio, el historiador de la iglesia, trazó todo el flujo de la historia de la iglesia como una progresión desde los «tiempos de los apóstoles» hasta su propio presente. Basilio de Cesarea se refiere a los líderes de la iglesia de las generaciones tempranas como «aquellos que vivían cerca de los tiempos de los apóstoles».Tertuliano hizo hincapié en los acontecimientos que tuvieron lugar «después de los tiempos de los apóstoles».

Una vez más, los ejemplos podrían multiplicarse para dejar bien establecido un hecho: el consenso unilateral de la iglesia primitiva era que el período apostólico terminó y no se esperaba que continuara. Los que vinieron después de los apóstoles afirmaron claramente que no eran apóstoles. En cambio, con razón, se veían a sí mismos como pastores, ancianos y diáconos. Para citar de nuevo a Wayne Grudem en defensa del cesacionismo:

Cabe señalar que ninguno de los principales líderes en la historia de la iglesia —ni Atanasio, Agustín, Lutero, Calvino, Wesley o Whitefield— se adjudicaron a sí mismos el título de «apóstol» o permitieron que alguien los llamara apóstol. Si algunos en los tiempos modernos quieren tomar el título de «apóstol» para sí mismos, levantan inmediatamente la sospecha de que puedan estar motivados por el orgullo y los deseos inapropiados de exaltación propia, junto con la excesiva ambición y el anhelo de tener mucha más autoridad en la iglesia de la que cualquier persona debe legítimamente poseer.

Los apóstoles tienen una posición de honor única

Los apóstoles no solo tienen una posición de autoridad única en la historia de la iglesia, sino también se les da un lugar de honor único en la eternidad. En la descripción de la Nueva Jerusalén, el apóstol Juan explica que «el muro de la ciudad tenía doce cimientos, y sobre ellos los doce nombres de los doce apóstoles del Cordero» (Apocalipsis 21.14). Por toda la eternidad, esas piedras servirán como recuerdo eterno de la relación de Dios con la iglesia, de la cual los apóstoles son el fundamento. Los nombres de los doce apóstoles se sellaron para siempre en el muro de la Nueva Jerusalén.

¿Creen realmente los apóstoles de hoy que se merecen el mismo lugar de honor celestial que los apóstoles del Nuevo Testamento?

Algunos de sus seguidores creen que sí. De acuerdo a uno que se llama a sí mismo profeta: «Ahora mismo, apóstoles como el doctor Peter Wagner están estableciendo un fundamento desde el cual la guerra espiritual en los cielos puede ser luchada y ganada […] Los apóstoles están siendo levantados. Dios ha levantado a estos hombres para que sean muy visibles. Sabemos mucho acerca de algunos apóstoles del Nuevo Testamento. Vamos a saber mucho de algunos apóstoles de la Nueva Jerusalén. Podemos sentirnos ofendidos, o podemos subirnos a bordo».

Esa es una declaración sorprendente, porque implica que el mentado Wagner y sus secuaces serán eternamente honrados de la misma manera que los doce apóstoles y Pablo. Todos los verdaderos creyentes deben estar extremadamente ofendidos por ese tipo de arrogancia y presunción manifiestas. El honor otorgado a los apóstoles en la Nueva Jerusalén es único. Se limita a los designados personalmente por Cristo en el Nuevo Testamento. Solo los falsos maestros equivocados afirmarían honra apostólica eterna para alguien vivo hoy.

¿Qué ocurre con efesios 4.11–13?

Los defensores del apostolado moderno a menudo apuntan a Efesios 4.11–13 para defender su posición. Es importante, por tanto, que examinemos este pasaje con cuidado. Después de describir la ascensión de Cristo, Pablo escribió:

Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo. – Efesios 4.11–13

Los defensores del apostolado moderno hacen dos suposiciones incorrectas acerca de este pasaje. En primer lugar, afirman que la unidad, el conocimiento y la perfección o madurez que se describen en el versículo 13 se refieren a la Segunda Venida de Cristo. En segundo lugar, sostienen que los cinco oficios mencionados en el versículo 11 (apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros) deben continuar hasta la Segunda Venida. No obstante, ninguno de estos supuestos está garantizado por el propio texto.

Consideremos la segunda hipótesis primero. ¿Indica este pasaje que los oficios listados en el versículo 11 van a perdurar hasta que se cumplan las condiciones descritas en el versículo 13? Esta interpretación podría ser posible si el versículo 12 se omitiera en el texto. Gramaticalmente, sin embargo, la palabra «hasta» en el versículo 13 apunta hacia atrás al participio más cercano en el versículo 12 («edificación»), y no al verbo más distante «constituyó» en el versículo 11. Por lo tanto, el punto de Pablo es que Cristo designó los oficios indicados en el versículo 11 a fin de que, según el versículo 12, los santos puedan ser equipados para la edificación del cuerpo de Cristo (v. 12).

Es la edificación del cuerpo de Cristo por parte de los santos, pues, lo que continúa hasta que las condiciones en el versículo 13 se hayan completado. Nada en el texto indica que los apóstoles y profetas estarán presentes durante toda la era de la iglesia, sino que el trabajo que comenzaron (equipar a los santos para la edificación del cuerpo de Cristo) continuará. Esta conclusión se ve reforzada gramaticalmente en el contexto de Efesios, ya que Pablo había explicado antes que los apóstoles y profetas se limitaron a la edad de la fundación de la iglesia (Efesios 2.20).

Ahora podemos considerar la unidad y el conocimiento que se describe en el versículo 13. Algunos expertos insisten en que tal objetivo final no es alcanzable en este lado de la gloria. Por lo tanto, afirman que Pablo debe estar describiendo la unidad y el conocimiento de la iglesia celestial, pues estos atributos solo se lograrán en la gloria del cielo. Sin embargo, esa idea no se ajusta a la línea de pensamiento de Pablo; él esta describiendo los resultados obtenidos mientras los santos edifican la iglesia. Su enfoque no está en la obra de glorificación final de Dios en el cielo, sino en la labor de los fieles creyentes en la iglesia aquí en la tierra.

Dentro de la iglesia, es posible que los creyentes posean una unidad profunda basada en un compromiso compartido con la verdad bíblica, un conocimiento íntimo del Señor Jesucristo, y un profundo nivel de madurez espiritual. Pablo también agrega la sana doctrina (v. 14) y el crecimiento en la semejanza de Cristo (v. 15) como beneficios adicionales que se derivan del hecho de que los santos están debidamente equipados para la edificación del cuerpo de Cristo (v. 12).

Entendido correctamente, Efesios 4.11–13 no enseña que un patrón de ministerio quíntuple (incluyendo apóstoles y profetas) continuará a lo largo de toda la historia de la iglesia hasta la Segunda Venida de Cristo. Más bien, este pasaje demuestra que el propósito para el cual el Señor Jesús nombró a los apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros en la iglesia fue equipar a los santos. Cuando se encuentran correctamente preparados, los santos están habilitados para edificarse los unos a los otros en el cuerpo de Cristo. Y el resultado es que la iglesia se fortalece, creciendo en unidad, conocimiento, madurez, sana doctrina y santificación.

Debido a que Pablo ya había indicado que los apóstoles y los profetas eran solo para establecer las bases de la iglesia, no tenía necesidad de reiterar que esos oficios serían temporales. A pesar de que esos dos oficios no duraron más allá del primer siglo de la historia de la iglesia, los apóstoles y profetas siguen equipando a los santos a través de los escritos que dejaron para nosotros inspirados por el Espíritu (es decir, la Biblia). Los otros tres oficios —evangelista, pastor y maestro— han continuado a lo largo de la historia de la iglesia. Por lo tanto, siguen equipando a los santos en cada generación con el propósito de edificar la iglesia.

La importancia de la cesación apostólica.

Los líderes carismáticos modernos como Peter Wagner pueden argumentar la continuación de los dones y el oficio del apostolado; los católicos romanos podrían insistir del mismo modo en una sucesión apostólica que se aplica al Papa. Sin embargo, ambas afirmaciones están seriamente equivocadas. Cualquier evaluación honesta de la evidencia del Nuevo Testamento revela que los apóstoles eran un grupo exclusivo de hombres, elegidos con todo cuidado y personalmente comisionados por el Señor Jesús para sentar las bases doctrinales de la iglesia, con Cristo como la piedra angular. Nadie vivo hoy puede posiblemente cumplir los criterios necesarios para el apostolado bíblico. E incluso en el primer siglo, cuando todos están de acuerdo en que los dones milagrosos operaban de forma plena, solo un selecto grupo de líderes espirituales fue considerado como apóstoles.

En siglos posteriores, ningún padre de la iglesia afirmó ser apóstol, sino que los líderes cristianos del siglo dos vieron el período apostólico como único e irrepetible. Ese fue el consenso de los fieles hasta el siglo veintiuno, cuando de repente se nos dice que una vez más debemos aceptar el resurgimiento de los apóstoles en la iglesia. Desde una perspectiva puramente bíblica (y desde cualquier perspectiva histórica clara), estas afirmaciones modernas están confundidas y son presuntuosas.

La realidad es que el don y el oficio del apostolado cesaron después del primer siglo. Cuando el apóstol Juan fue al cielo, el apostolado llegó a su fin. Por supuesto, la influencia apostólica ha seguido a través de las Escrituras inspiradas que los apóstoles escribieron. Sin embargo, no hay que pensar que la fundación apostólica se está estableciendo de forma continua a lo largo de la historia de la iglesia. La misma fue completada dentro de su período de tiempo, y no necesita ser establecida de nuevo.

Al final, a pesar de las protestas de algunos continuacionistas, no se puede escapar al hecho de que uno de los elementos más importantes que se describen en 1 Corintios 12 (es decir, el apostolado) ya no está activo en la iglesia de hoy. Ha cesado.

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Adaptado del libro «Fuego Extraño» de John MacArthur
© 2014 por Grupo Nelson
Capítulo 5 reproducido en su totalidad salvo algunos párrafos omitidos para sintetizar el tema.

10 Comentarios

  • No manchen!!! Bola de babosos, indoctos y tontos espirituales. Solo les faltó poner: «Y deben andar con un báculo y vestidos con piel de camello»

    Tarados!

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    • los seres humanos tenemos mucho k aprender ! k! no podemos acer k alguen nos ame, sino dejarnos amar, k toma años contruir la confianza y solo pocos segundos,destruirla k lo mas balioso no es lo k tenemos en la vida, si no akien tenemos en la vida k no es bueno compararnos con los demas.abra siempre kien es mejor o peor, k la perozona k es rica no es la k mas pocee si no la que necesita menos, que deveria aver control sobre las actitues, sino, son las actitudes quienes nos controlan a nosotros.mismo, k nos toma segundos,abrir heridas muy profundas en las perzonas k cren en nosotros, y nos toma muchos años poder curarlas,k el dinero puede comprar todo,menos la felicidad, k aveces nos podemos molestar por algo, pero eso no nos da el derecho de molestar a otros, k aveces no es suficiente ser perdonados, sino nos sabemos perdonarnos a nosotros mismos,k los seres humanos sonamos y duenos, de lo k poceen pero son esclavos de lo k dicen, k siempre cosecharemos lo k plantamos , si plantamos abladuria vomos a cosechar intrigas ,si plantamos, amor vamos a cosechar felicidad,k la verdadera felicida no es lograr metas,sino aprender a sentirnos satifechos, con lo k logramos sin k la envidia o los celos se apoderen por lo k nos falta,aprender q dos personas pueden estar viendo la misma cosa , y sin envargo ,pueden estar viendo,algo totalmente diferente,q akel k es honesto con sigo mismo apesar de los ostaculos,y,yegara lejos en su caminole

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  • DLP por compartir este extracto del libro.
    Está muy claro y perfectamente sustentado en la Biblia el hecho de que no es posible que Samuel sea un apóstol auténtico.
    Sin embargo para los sajofitas ni toda la evidencia bíblica significa absolutamente nada, empezando por el hecho de que para ellos la Biblia no representa la Palabra de Dios sino letra muerta y un mero testimonio histórico de eventos pasados.
    Aun así es super importante que sigan compartiendo este tipo de contenidos en espacios como este, contrastando siempre las herejías de LLDM con las verdades expresadas en la que para los cristianos es LA PALABRA DE DIOS, las santas escrituras.
    Enhorabuena hermanos.
    DLB

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    • Denigrar, denostar, despreciar y tener en menos la Biblia es denigrar, denostar, despreciar y tener en menos al mismo Dios, al mismo Jesucristo y al mismo Espiritu Santo. La Sagrada Palabra contenida ahí es testimonio de ellos tres y de su obra.

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  • «Bienestar Social» ofrece consultas GRATIS a los sajofloritas en instalaciones paupérrimas y dicen que es parte «Del cuidado del Excelentísimo Apóstol de Jesucristo para con su pueblo»

    Curiosamente el cuidado de Samuel por la salud de sus súbditos no da para tanto como para ofrecer los mismos servicios GRATUITOS en su carísimo hospital Siloé.

    Y ya ni digamos GRATUITOS, ni siquiera con algún descuento.

    Aun los ministros samuelitas y sus familias sino tienen dinero para pagar las altas tarifas de SIloé no tienen derecho a recibir atención médica.

    ¿Cuidado de Samuel por la salud de su pueblo??
    Jajajajajajaja

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